Aquella extraña ciudad

Por el Piquetero Intelectual | 27 de agosto de 2010

Monumento a la bandera por la tardecita

Las luces que encandilan, las calles impecables y la completa tranquilidad resultan extrañas. No hay un camión, no hay policía, no hay ruido de autos destartalados. Es un lugar de esos tan puros que te da la sensación de que algo esconde. Es como una típica familia evangélica de esas que tienen de fondo sonido de pajaritos y un flameante cartel de “Felices por siempre”.

Sin embargo, para aquellos que están dispuestos a recorrer, a conocer realmente lo que hay detrás de las luces, Rosario se muestra diferente. Es una ciudad muy linda pero, al igual que en todas las demás, están los olvidados, aquellos que viven en lo que se conoce como el “Gran Rosario”, en las afueras.

Es una injusticia que ellos no puedan visitar los cafés literarios de la ciudad como el Ross, el más viejo de la ciudad, en el que sus paredes abrigadas de libros invitan a sentarse y leer algo mientras se disfruta de un excelente café colombiano. Nadie debería perderse, tampoco, el placer de conocer el Teatro El Círculo, donde todos los sueños pueden convertirse en una estrella de las miles que cubren el techo del salón. Pero lo peor es que esos niños no puedan pasearse por el bello monumento a la bandera por la tardecita, ese que te muestra el sol redondo, rojo y melancólico, como de despedida.

Cuando se recorren cuidadosamente todos los detalles, se entiende que esto no es más que otra faceta de la bipolaridad de ese extraño sitio. Es como si dos ciudades convivieran en un mismo lugar. En deporte, el mundo parece estar dividido en canallas –con su estadio mundialista y el Negro Fontanarrosa- y leprosos –el club popular, el de las banderas que gritan “Aliento Sí, parlantes no”-. En cultura el baile, el teatro y las letras, contrastan con la cumbia y el cuarteto que se escucha en todos los rincones de Santa fe y, por supuesto, en el “Gran Rosario”.

Los surcos de tierra oscura que ofician de calles en los asentamientos aledaños, no tienen nada que ver con las iluminadas y sonoras peatonales del centro que, de tanto en tanto, invitan a los paseantes a descansar en sus bares y salitas de teatro clandestinas. Las miles de heladerías, llenas de gente las 24 horas, son las antípodas de los miles de pibes que piden monedas en los semáforos haciendo malabares, mostrando monerías o simplemente sufriendo el flagelo del hambre. Es ese hambre el que contrasta con los grandes restaurantes de pescado –repletos de turistas- y, al mismo tiempo, es ese pescado el que permite que los olvidados no mueran de hambre. El río Paraná en toda su majestuosidad no hace distinciones, todos pueden abastecerse de él.

La vida en la ciudad parece estar signada por la contradicción, por la desigualdad. Es el mundo reducido en escalas a las que podemos llegar a percibir su funcionamiento. Es por ello que es tan extraño conocerla, al mismo tiempo es tan atractiva y tan familiar que resulta apasionante. Se tiene la sensación de estar en muchos lugares ya conocidos y, sin embargo, ninguno es como este. En definitiva, Rosario es aquella extraña ciudad que, como ya dijo Fito, siempre estuvo cerca, tal vez más de lo que creíamos.


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